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" Baloncesto es como una guerra en la que las armas ofensivas son desarrolladas primero,
y siempre le toma
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Entrenar el Éxito ~ Pepu Hernández Imprimir E-Mail
Saturday, 03 de April de 2010

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ENTRENAR EL ÉXITO. Confianza, esfuerzo y generosidad: claves para conseguir un equipo ganador en la empresa y en la vida por Pepu Hernández y Luis Fernando López
Entrenar el Éxito. Confianza, esfuerzo y generosidad:
Claves para conseguir un equipo ganador
en la empresa y en la vida
Por Pepu Hernández y Luis Fernando López


Para que el sueño de conseguir un equipo ganador, sea en el deporte, la empresa o cualquier otro ámbito de la vida, se haga realidad, sólo existe un camino: ENTRENAR EL ÉXITO. En este libro, el seleccionador nacional de baloncesto, Pepu Hernández, artífice junto a sus jugadores del triunfo en el Mundial de Japón 2006, nos enseña paso a paso cómo lograrlo, desde una perspectiva basada en la apuesta por el factor humano, no siempre valorado en el mundo profesional y, sin embargo, de probada efectividad.

Éstas son algunas de sus enseñanzas:

El equipo resulta de la suma de voluntades, porque para vencer se necesita que todos sean partícipes de lo que se está construyendo.
Hay que generar confianza y transmitir ilusión a la gente. Aunque el «ordeno y mando» resulte más sencillo, no ayuda a alcanzar el éxito pleno.
Es fundamental delegar y definir las tareas entre los miembros del equipo, porque toda misión es relevante.
Para que haya evolución, debe haber riesgo. De lo contrario se produce el estancamiento. El paso importante es del «no, no» al «por qué no».
Cuando falla la comunicación, lo primero que hay que plantearse es: «¿Me he explicado bien?». Después: «¿Me han entendido?» Y, por último: «¿Por qué no han hecho lo planteado?» Conviene saber digerir las derrotas. No sólo se juega para ganar.

Y todo ello sin olvidar la importancia de valores como el esfuerzo, la estabilidad, la generosidad entre compañeros y, por supuesto, la diversión; conceptos avalados por las opiniones de los jugadores, campeones del mundo, Gasol, Navarro, Garbajosa, Calderón, Jiménez..., y las anécdotas del verano de 2006, cuando el deporte español se hizo de oro.

Pulse en 'Leer más...' para saber más, leer la 'Introducción' y ver el 'Encuentro Digital' con Pepu Hernández ...




Prólogo:
"... Queda muy lejos aquel 26 de diciembre de 2005 en el que, por primera vez, me puse en contacto con Pepu Hernández para conocer si estaría interesado en entrenar a nuestra selección nacional. Habían sido días difíciles y sabíamos en la Federación que los retos venideros, Mundial y Eurobasket, podrían dictaminar la importancia y la presencia del baloncesto en nuestra sociedad. Desde aquel hotel romano me preguntaba qué me impulsaba a creer que una persona con la que había tenido muy poco contacto y a la que desconocía desde un punto de vista personal podría ser la que nos condujera al cumplimiento de nuestros retos deportivos.

Visto desde fuera, se daban muchas circunstancias para que el perfil de Pepu pudiera recalar en un equipo que había venido demostrando una gran solidez entre todos sus miembros. Era una persona que había luchado contra los clichés preestablecidos. Con el Estudiantes había transmitido que los límites no están puestos de antemano, que se debe intentar conseguir estar en lo más alto y que sea la competición la que a cada uno ponga en su sitio. Es la mejor expresión de un concepto que siempre debería ir unido a cualquier organización: la ambición. Ambición por ser mejor, ambición por llegar a lo más alto, ambición, en definitiva, por no tener límites.

La selección, los jugadores que habitualmente la componen, venían demostrando que para ellos el único tope es el que imponen en la cancha sus contrarios. Nuestra obligación, única pero muy importante, es competir. Saber que representamos a un país y que todos aquellos que nos siguen puedan sentirse orgullosos de lo que se hace dentro y fuera de la cancha. Su filosofía encaja con aquella frase que cuelga de los muros de un restaurante neoyorquino dedicado temáticamente a la película Forrest Gump: «No dejes que nadie diga que es mejor que tú».

De esta manera, Pepu se acerca a la selección y no duda en ningún momento en preconizar que aspiramos al máximo, que lucharemos por ello y que no existen excusas para quedarnos por el camino. Conoce y maneja los grandes y pequeños detalles que configuran el hecho de que un equipo pueda estar a pleno rendimiento ante un reto tan importante y único como es un campeonato del mundo. Es un hombre que, en lo deportivo, demuestra que lo que para unos son sueños o hipotéticos deseos, para él se convierten en objetivo. Y el objetivo es aquello que creemos que podemos alcanzar.

Sentenciaba Mats Lindgren, en una reciente entrevista, que el futuro es el triunfo del ego. Pues bien: Pepu, en su habitual inconformismo, nos demuestra que se puede luchar contra el futuro; que la suma de grandes individualidades no es garantía de éxito; que en el baloncesto el grupo está por encima de cualquier ego por mucha calidad y capacidad que aquel tenga. Ha sabido construir y trasladar a la sociedad que el trabajo de todos hace brillar a cada individualidad. Hoy a todos nos asaltan nombres propios, pero por encima de ello el concepto y el orgullo de sentirnos todos parte de la selección nacional. Nos han hecho partícipes de un triunfo que mejora nuestro palmarés y que, por encima de todo, puede mejorar nuestra sociedad.

Este libro nos mostrará, de la mano de Luis Fernando López, quién es el personaje, pero a mí este año me ha enseñado que al frente de la selección, además de a una gran persona, tengo el mejor entrenador de BALONCESTO. ..."
José Luis Sáez ~ Presidente de la Federación Española de Baloncesto


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Del ler. Capítulo:

TENER UN PLANTEAMIENTO CLARO

«ES IMPRESCINDIBLE TRABAJAR EN EQUIPO PARA ALCANZAR EL ÉXITO»


"... Miras a la pista y piensas: “Esto va a ser lo que llaman ‘química’, ese momento de lucidez, de libertad absoluta y de unión”. Las cosas salen y no te preguntas por qué. No hay un solo problema. Es un momento muy agradable, en que ves felicidad por todas partes. Te vuelves al banquillo y observas a Pau Gasol. Está contento, levantándose, abrazándose con los compañeros y saltando más que si tuviese que coger un rebote, como si no anduviese cojo. Todos los jugadores lo pasan estupendamente, disfrutan, se emocionan y, porque hay que guardar la compostura por consideración al rival, si no… La final empieza bien y pasa a ir muy bien. La gente se va viniendo cada vez más arriba. Controlamos la ansiedad, siempre alegres, con un enorme espíritu defensivo que a Grecia sólo le permitía hacer su tercera o cuarta opción ofensiva. Cuando mantenían tres segundos de posesión, habíamos empujado al oponente con balón al lugar donde no tenía que estar. Y en ataque, le echamos un morro tremendo.

Fuera de lo deportivo, estaba encantado con los gestos, con la camiseta de apoyo a Pau, con su reconocimiento; el extra de luchar por él fue muy significativo para la victoria. El equipo no es que estuviese implicado en julio, seguía unido dos meses después, con mayor fuerza que al comienzo de la concentración. Lo mejor es que yo, Pepu Hernández, el entrenador, ya no tenía que decir nada, porque los chicos exhibían tanta tensión, tanto deseo de ayudarse, que lo mejor es que el “jefe” guarde silencio.

Es posible que hubiese vivido en el Estudiantes periodos de esa comunión… ¡Y qué bien se está! ¡Qué seguro te sientes! Seguro por ti, por todos los demás. No era el tiempo de las dudas, sino de poner en marcha aquello de lo que habíamos hablado: la confianza, el respeto, la solidaridad, que todos somos importantes, que no se puede desperdiciar ni un segundo… No mostramos nuestros valores, sino que los demostramos en la lucha por un título. Había una predisposición completa de los jugadores, una actitud sensacional y el convencimiento de que haríamos bien nuestro trabajo. Íbamos a competir porque contábamos con las energías suficientes para pelear por el objetivo. Salió redondo. En esos momentos, te sientes tan orgulloso del equipo…».

Entonces, suena la bocina, y España se felicita del triunfo más alto de la historia del deporte colectivo nacional. La corriente prisionera de felicidad inunda un país. Papaloukas, un jugador genial, capaz de reinventar el baloncesto para ponerle su firma, temible rival (pregunten, si no, a la selección estadounidense, su víctima en semifinales), se acerca al banquillo vencedor. Se espera el cumplido convencional. Señala el base griego: «Ha sido un planteamiento increíble, nunca podría haber hecho algo peor para mí y para nuestro conjunto». El seleccionador español corresponde: «Lo agradezco mucho, sobre todo porque viene de alguien como tú, que lees este deporte como pocos, pero el reconocimiento no es real. Porque la estrategia puede ser acertada; no obstante, el valor se lo dan los jugadores».
2 de enero de 2006: «Pepu Hernández dirigirá al equipo en el Mundial de Japón», vocean los teletipos en periódicos, radios y televisiones de aquí. 3 de septiembre de 2006: «España, campeona del mundo de baloncesto», truenan los informativos del orbe. Al principio fue ganar. Ocho meses y un día de afán prudente, para recoger información, planificar, tantear unos jugadores, prepararlos, crear un estilo y caminar con ellos, como equipo, hacia la cima.

«Había grandes combinados, grandes jugadores y grandes entrenadores en varias selecciones. Y todos hicieron el intento de ser como nosotros. Algunos, como Grecia, daban esa sensación: tenían un estilo propio, talentos que se daban al conjunto y estaban perfectamente dirigidos. Pero nosotros confirmamos por el resultado deportivo y humano que éramos el equipo número uno, compactos, intensos y con ambición, sin ser el combinado nacional estrella de la competición».

Desde el núcleo del grupo, la panorámica es similar, calcados los motivos del triunfo. Alex Mumbrú, alero internacional, se pregunta, retórico: «¿Qué nombres llevaba Estados Unidos?, ¿qué nombres llevaba Argentina?, ¿qué nombres Lituania?, ¿y qué nombres Eslovenia?, ¿y Alemania?». Había, tal vez, colectivos superiores, no de otro planeta, mas de una calidad espeluznante. Cuando asoma el equipo surge la diferencia, el salto cualitativo.

Magistrados en matemática sensible informan de que el trabajo en grupo/selección de un conjunto de personas, que se unen porque comparten algo, se representa numéricamente como 2+2=4. Se obtiene en ese caso un efecto sumatorio. En el trabajo en equipo, 2+2 equivale a 5, un resultado que perfecciona la suma de las individualidades. Sinergia; resulta un efecto multiplicador. Aquí, la cuadrilla comparte el desafío, y el nombre, la historia, la misión, la esperanza, el proyecto. Los números son un atajo para caracterizar el paisaje. En el hueco entre el 4 y 5 cabe la distancia que separa éxito y decepción en el diálogo entre el balón y la mano, y en las relaciones de otros muchos matrimonios: la familia, la asociación, la pandilla, la fábrica, el negocio...

«Tenemos muy buenos talentos, con querencia al esfuerzo y al juego colectivo. Enormes capacidades que saben que es imprescindible actuar como equipo para alcanzar el triunfo. Así, formamos un grupo de trabajo correcto, que se puso de acuerdo y apostó por las mismas cosas. Porque con un jugador especial se puede dominar un partido y desperdiciar mil campeonatos. Para vencer se necesita el empuje de todos.

Estaba en la mente de los internacionales, y desde esa raíz se convirtieron en un conjunto sobresaliente. Lo percibieron nuestros enemigos y nuestros aficionados. La suma del ingenio y de la predisposición dio la consecuencia esperada, conquistada sin perder los valores, nuestras maneras. Parece que para ganar hay que ser mala gente, como si fuese un rasgo positivo que indica agresividad. Creo que se puede tener toda la ambición siendo educado».

Es imprescindible actuar como equipo para alcanzar el triunfo, porque con un jugador especial se puede dominar un partido y desperdiciar mil campeonatos. Para vencer se necesita el empuje de todos.
El seleccionador edifica sobre los individuos. La persona, nexo de unión en lo organizativo entre el deporte y cualquier otro escenario. El colectivo rítmico nace del conocimiento del ser humano bajo la camiseta de tirantes, el traje, el mono azul o el uniforme; impone concebir al empleado en su integridad: lo íntimo, el tiempo libre, el descanso, las pesadillas.

Cómo practicar el baloncesto con máquinas o intelectos glaciales, sin el acuerdo tácito de cada uno para contribuir, retirar las barreras y pensar como un territorio unido; cómo hacerlo sin considerar los apetitos particulares. Las máquinas producen una bandada de beneficios netos, ventas, costes, ingresos, morosidades, tornillos o tuercas de rosca roída, pues adolecen por el flanco de la satisfacción organizacional.

A Jon R. Katzenbach y Douglas K. Smith, expertos en el examen de la dirección de grupos, se les ocurrió definir: «Hay trabajo en equipo en un número reducido de personas con capacidades complementarias, comprometidas con un propósito, con un planeamiento y con una responsabilidad mutua compartida». El seleccionador español, con su escala acreditada por la práctica, desgrana sobre el mismo concepto:
«La persona es lo primero, lo más importante, antes que el jugador. Por ahí empieza el equipo, ya que para vencer se requiere de impulsos sobrehumanos para un solo componente. El trabajo en equipo acarrea una puesta en común para una finalidad. Supone un medio para apresar determinado fin o sienta las bases para acercarlo, de forma que conseguirlo se convierta en un efecto. Necesita del compromiso, del equilibrio y del respeto de todos por todos, que cada miembro tenga una misión y que haya un programa. En definitiva, una suma que te conduce a una situación diferente. Los internacionales lo bordaron. He aprendido muchísimo de ellos».

MEJOR DIRIGIR QUE MANDAR

Ángel Goñi, ayudante de Pepu Hernández durante diez de las once temporadas del seleccionador en la primera plantilla del Estudiantes, defiende que el deporte «prostituido» linda con el fascismo. Explica que el cuidado obsesivo del cuerpo, las órdenes inagotables, la disciplina férrea y la figura reconocible del jefe autoritario crean un parentesco espinoso. Esa reflexión comporta verdad; algunos de los avisos planteados parecieron legitimarse por los triunfos de los entrenadores horneados en parajes sin paleta de colores, de arco iris bicolor, blanco y negro, del «ordeno y mando» y diálogos atrofiados:

-¿Por qué? -cuestiona el jugador.
-Porque sí -obstaculiza el entrenador.
-¿Y por qué sí? -contraataca el empleado.
-Porque lo digo yo -sesga el superior.

Otra tendencia prospera en el baloncesto, atraída a la actualidad por la notoriedad mediática apadrinada por la selección española, más cercana a la versión moderna de la gestión de las sociedades. En los grupos contemporáneos, como en los clubes deportivos de élite, carece de sentido la desconfianza hacia los trabajadores o considerarlos como un ente pasivo con escasa disposición al sacrificio y a la asunción de responsabilidades. Ni el motor de su actividad es exclusivamente económico ni su motivación principal se agota en el salario.

Caduca el añejo homo economicus y emerge el homo socialis como base en los equipos de referencia, donde la motivación, el liderazgo, lo simbólico, la comunicación y la depreciación de la subordinación se alían como ingredientes notables. Los premios no materiales adquieren rango noble y la contemplación del medio laboral gatea hasta el primer plano. Extrapolada de la empresa al deporte, esta segunda línea supone un cambio de paradigma.

«Respeto a los entrenadores que tiran de látigo, pero pido que se respete a los que pasamos por amables o dialogantes. Ésas parecen las dos tendencias clásicas y, aunque no tengo la intención de que mi forma de actuar perdure, tampoco me gustaría que fuese una moda pasajera como tantas. Quisiera que la gente entendiese que hay formas más higiénicas de hacer las cosas. Yo trato de convencer, más que de ordenar, aunque puedan existir momentos en que se hace necesario, porque no hay tiempo y no puedes marcarte un discurso. No obstante, siempre aspiro a una puesta en común. Planteo las cosas como criterios, no como imperativos. Hay formas, matices… y si te atascas en que alguien no lo entiende, entonces tienes que determinar: “Las cosas son así porque el grupo lo necesita, quizá tú no lo entiendas; espero que lo comprendas un poco más adelante”».

El director de orquesta conjunta y marca la orientación artística, asume su actuación pública, vítores o tomatina. El entrenador dichoso dirige, es decir, establece previamente unos sistemas que serían oportunos para el partido en cuestión y, dentro de ese catálogo, el base se reserva espacio para la elección, interpreta y aprende. «Hablamos con anterioridad y luego deja hacer, en función de quién se encuentra mejor o de la peculiaridad del contrario», ilustra José Manuel Calderón, el base titular de España. En el caso antagónico, el jugador se gira a la banda para recibir en cada acción la indicación de su técnico. Ordena el superior al súbdito, impone su precepto. Manda.

Yo trato de convencer más que de ordenar; siempre aspiro a una puesta en común. Atesorar la autoridad no es mandar más, porque la autoridad te la conceden los otros.

«Mejor seducir y enseñar a pescar antes que dar peces. Me encanta que el jugador decida en ataque y en defensa, que no deba yo hacer rectificaciones perennes. No quiero la razón, sino que el engranaje funcione para obtener rendimiento. Atesorar la autoridad no es mandar más. La autoridad te la conceden los otros, que te autorizan para dirigir. Eso te lo tienes que currar. Si coordinas adecuadamente, ayudas a que todos compartan el camino, se acumulan más fuerzas y se produce la sinergia. Dirigir es explotar lo mejor de cada uno, crear un ambiente propicio al esfuerzo, convencer a los distintos elementos del grupo, ponerlos en marcha, motivarlos… Cooperando tomas mayores velocidades.

Es imprescindible generar confianza o transmitir ilusión y resulta crucial la delegación. No por el hecho de distribuir funciones sin más, sino porque sea efectiva, buscando la cooperación y que los demás se sientan importantes. Estas tareas son impensables sin credibilidad. A veces he amenazado, por llevarlo al extremo, con expulsar a un jugador, y no lo he hecho. En ese momento he subastado mi crédito, pero admito que mi forma de dirigir implica riesgo. El ordeno y mando parece más sencillo para la toma de decisiones, pero no cumple con otros requisitos».

EL GRAN EQUIPO. UN EJEMPLO DE INTEGRACIÓN

Tiene sus capas la cebolla que resguardan el corazón. Son partes sin canales de conexión interna, se consumen en sí mismas, sin comunicación. En la panorámica aérea de la selección, a vista de pájaro, se vería el centro de la ciudad tomado por los jugadores; los técnicos y los ayudantes, expectantes, en las calles aledañas; una «manzana» más allá, los directivos, y en la periferia, dentro de los límites de la muralla, decenas de medios de comunicación y millares de aficionados. No son capas de cebolla. Hay raíles, corredores, pasillos y pasadizos entre ellos, anchos y nítidos como autopistas en una mañana de domingo.

«Me gusta hablar de círculos concéntricos, no de grupos disgregados. Es algo útil en la selección, y también lo fue antes en mis años de club, para que todo el mundo se sintiese parte e integrado, pero al tiempo para que cada uno supiese dónde estaba su trabajo y supiese cuál era su espacio. Si cumples, después echas una mano donde haga falta y apoyas el núcleo, que son los jugadores. Luego vendría el bloque de quienes nos encontramos más cerca: entrenadores, preparador físico, fisioterapeutas, médico, jefe de prensa… A continuación, la gente de la Federación, y finalmente, los periodistas y los hinchas. Hay enlaces abiertos a la relación; todos tienen que interactuar con todos. No se encontraría confortable un núcleo sin relación con los aficionados, a través de los medios o de manera directa».

En el trayecto del hotel al pabellón Bahía Sur, en San Fernando (Cádiz), donde se desarrollaban los entrenamientos de España durante la primera fase de la preparación, Pau Gasol se exponía a media hora diaria de firma de autógrafos. Para que no se retrasase la faena, a veces recorría esa distancia en coche, junto al delegado. España no se esfumó tras el biombo. Se prestó a jornadas de puertas abiertas; el entrenador y varios internacionales atendían a los medios de comunicación al final de cada encuentro; el presidente de la Federación, José Luis Sáez, y el director deportivo, Ángel Palmi, cobijaron al combinado en todos sus días en Japón. Y miles de hinchas se subieron al autobús en un agosto-septiembre de marea roja, incluso desde el subsuelo, allí donde los trabajadores que horadaban un túnel en el puerto de Pajares pidieron detener su trajín para seguir por Internet, en la cabina de la tuneladora, los últimos minutos de la semifinal entre España y Argentina. Al superior le engatusaron con el compromiso de recobrar los metros aplazados. Con el gusto del acceso a la final, los obreros batieron su récord de anillos colocados en las entrañas de la tierra.

«El resultado de todos los grupos alrededor del primer círculo de los jugadores es el GRAN EQUIPO. Es cierto que un señor de Cuenca influye escasamente en el juego o en los resultados, pero si no nos siguiese, qué sentido tiene lo que hacemos. ¿Menos, no? Tal vez ese mismo hombre acaba viniéndose a un partido a Madrid para sentarse en la fila número 28 del Palacio de los Deportes y animar con nuestra camiseta puesta. Quizá lo interesante es esa otra señora del mercado que me dice: “¡Qué majetes son sus chicos!”. Lo afirma porque los ha sentido cercanos. Enloqueceríamos si despreciásemos esos detalles microscópicos».

Dirigir es explotar lo mejor de cada uno, crear un ambiente propicio al esfuerzo, convencer a los distintos elementos del grupo, ponerlos en marcha, motivarlos… Es imprescindible generar confianza o transmitir ilusión, y resulta crucial la delegación. Estas tareas son impensables sin credibilidad. ..."

Sobre los Autores
José Vicente Hernández Fernández, conocido familiarmente como Pepu Hernández, nació el 11 de febrero de 1958 en Madrid, España. Entrenador de baloncesto, fue el seleccionador de la selección española campeona del mundo en 2006 y subcampeona en el campeonato de Europa de 2007. En la actualidad entrena al Joventut de Badalona de la liga ACB.

Jugó en las categorías de formación del Club Baloncesto Estudiantes desde alevines hasta juveniles e inmediatamente después empezó a entrenar. Como anécdota, jugó el torneo privado "Alfredo Mahou" para infantiles, de 2 semanas de duración, organizado por el Real Madrid. Estudió la enseñanza preparatoria y el bachillerato en el Instituto Ramiro de Maeztu y empezó sin llegar a acabar Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid. Ha impartido numerosos cursos y "clinics" de baloncesto.

Comenzó a entrenar en los equipos de la cantera de Estudiantes con 16 años, en 1974, entrenando sucesivamente a equipos de las categorías de alevines, infantiles, juveniles y juniors. Pasó al primer equipo como segundo entrenador en 1990, y en diciembre de 1994 tomaría el relevo de Miguel Ángel Martín como primer entrenador, puesto que ocuparía hasta finalizar la temporada 2004-2005 (salvo en la temporada 2001-2002, cuando fue sustituido durante unos meses por Carlos Saínz de Aja, asumiendo él en esa época la función de director deportivo). Durante ese periodo también fue el entrenador ayudante de Ignacio Pinedo en la selección española junior.

A principios de 2006, la Federación Española de Baloncesto le designó como seleccionador del equipo español. La preparación para el Mundial fue un éxito plagado de victorias. Así, España llegó al Mundial con la moral muy alta y como una de las candidatas a llegar lejos en el Mundial. Tras un gran partido de semifinales ante Argentina, el combinado español se presentó en la final contra Grecia.

Horas antes de la final del mundobasket, fallece su padre enfermo. Decide no comunicar este hecho a sus jugadores porque "nada debía alterar al equipo" de cara a la final.

En la celebración del título que se realizó en la plaza de Castilla de Madrid, dijo: "Os voy a decir una palabra. Y escuchadla bien, porque va a ser una palabra muy importante: ba-lon-ces-to.". Posteriormente, tras la recogida de su Premio Príncipe de Asturias a los Deportes en Oviedo dijo: "Baloncesto equivale a educación, generosidad, solidaridad, trabajo en equipo, talante y tolerancia. Son valores que preparan a un jugador para el futuro".

En enero de 2006 Estudiantes le otorga la "insignia de oro y brillantes" del Club.

Habiendo anunciado que dejaría la selección española de baloncesto a la conclusión de su participación en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, fue destituido el 3 de junio de 2008 por el Presidente de la Federación Española de Baloncesto, José Luis Sáez, alegando un conflicto de intereses, mientras que Pepu denunciaba que la destitución se produjo por motivos personales.

José Vicente Hernández Fernández dijo: "Aunque me han echado, yo estaré vinculado con la selección de España de Baloncesto masculino hasta la finalización de su participación en los Juegos Olímpicos Pekín 2008, nada más termine su participación yo buscaré un nuevo equipo importante que entrenar, tal vez un equipo importante de la NBA o ACB. Parte del título que consiga España en baloncesto masculino de los Juegos Olímpicos Pekín 2008 será mío pues yo logré como seleccionador la clasificación para estos Juegos Olímpicos".

En marzo de 2010 ficha por el Joventut de Badalona tras ser destituido Sito Alonso.


Luis Fernando López Palomo (Puertollano, 1978), licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, se incorporó al diario El Mundo en enero de 2000, tras iniciarse profesionalmente en la radio (Ser y Onda Cero). En junio de ese mismo año comenzó a trabajar en la sección de Deportes. Desde el Mundial de 2002 ha sido el enviado especial del periódico a todas las citas internacionales de la selección española de baloncesto. Ha cubierto dos ediciones de los Juegos Olímpicos, así como mundiales y campeonatos europeos de atletismo y balonmano.
José Vicente, Pepu, Hernández (Madrid, 1958), seleccionador nacional de baloncesto desde enero de 2006, conquistó el oro en el Mundial de Japón y la plata en el Eurobasket 2007. Formado en el madrileño colegio Ramiro de Maeztu, jugó en las categorías inferiores del Estudiantes y a los 15 años comenzó a entrenar en la cantera de la entidad.

Cursó estudios universitarios de Periodismo y de Derecho, pero los abandonó para dedicarse profesionalmente al baloncesto. En 1989 se sumó a la primera plantilla del Estudiantes como entrenador ayudante, mientras dirigía al equipo juvenil, con el que logró el título nacional. En categorías de formación, además, logró varios subcampeonatos nacionales y tres éxitos en cuatro participaciones en el prestigioso torneo de Hospitalet. Comandó al conjunto profesional del Estudiantes durante once temporadas, en todas ellas clasificado entre los siete mejores de la Liga y ocho veces en las semifinales.

Conquistó la Copa del Rey de 2000 y condujo a la entidad a la primera, y única hasta la fecha, final de la Liga ACB (2004), que le valió el galardón de mejor entrenador del año, concesión de la Asociación de Entrenadores. En junio de 2005 rechazó una oferta de renovación por cuatro años y, meses después, fue seleccionado por la Federación para dirigir al combinado nacional (tiene contrato hasta los Juegos Olímpicos de 2008).

Premio Príncipe de Asturias de los Deportes -como miembro del grupo campeón del mundo-, está casado y tiene tres hijas.

 • Autores: Pepu Hernández y Luis Fernando López
 • Encuadernación: Tapa blanda
 • Nro. de Páginas: 264
 • Editorial: La Esfera de los Libros; 3ª Edición
 • Plaza de edición: España
 • Año de edición: 2007
 • Lenguaje: Español


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